Acaba de aparecer mi artículo (en prensa durante buen tiempo) sobre “El cacique don Constantino Huitziméngari  y la adaptación de la nobleza nativa al orden colonial”, en el libro colectivo Portada Identidad en PalabrasIdentidad en palabras. Nobleza indígena colonial novohispana, editado por Patrick Lesbre y Katarzina Mikulska en el Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, con la colaboración de la Universidad de Varsovia – Universidad de Toulouse.

Don Constantino Bravo Huitzimengari es uno de los grandes personajes de la historia colonial tarasca. Fue un nieto del último rey o “cazonci”, mientras por el lado materno descendía de distinguidos linajes nahuas michoacanos. Fue cacique y gobernador de Pátzcuaro durante muchos años, así como juez “conservador” de las congregaciones de pueblos.

De manera muy inusual, tuvo un desempeño público fuera de la provincia: contrajo matrimonio con doña Agustina de Chilapa, cacica de Texcoco (o sea, la heredera de uno de los grandes reinos mesoamericanos), y fue en varias ocasiones gobernador de Coyoacán y Xochimilco, dos de las “repúblicas” más importantes del valle de México. Tuvo asimismo influencias en la corte virreinal y el favor de personalidades españolas, como el cronista y juez de congregaciones Baltasar Dorantes de Carranza. También tuvo trato frecuente con intelectuales como el historiador texcocano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Se preocupó por dejar una gloriosa memoria de la extensión del antiguo reino michoacano, así como un ambiguo relato de la manera en que los españoles habían tratado a sus aliados nativos. También, a la manera de los grandes patronos y mecenas, financió la construcción y decoración de una capilla en la ciudad de México, donde reposaron los restos de sus descendientes.

Tuvo don Constantino un papel importante en la transición de la sociedad y el gobierno indígena hacia formas de organización propiamente coloniales, que dejaron atrás los remanentes de la tradición señorial que venía desde la época prehispánica. Todavía fue de los caciques que gozaron del derecho herdiatario de gobernar a los suyos, cosa que ya no pudieron conseguir sus sucesores en el cacicazgo. Quizás por esto en los documentos escritos en tarasco aun se le llama irecha, lo cual equivaldría en español “rey” o “señor” (aunque éste era un título que la Corona había expresamente prohibido para los nobles indígenas). En el Valle de México se le llamó con el nombre equivalente de tlatoani.

Constantino fue el último de los irecha; los sucesivos gobernadores de Pátzcuaro fueron llamados simplemente con el nombre español de su cargo.

Ficha hemerográfica: Felipe Castro Gutiérrez, “El cacique don Constantino Huitziméngari  y la adaptación de la nobleza nativa al orden colonial”, en Patrick Lesbre y Katarzina Mikulska (eds.) Identidad en palabras. Nobleza indígena colonial novohispana, México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM – Universidad de Varsovia – Universidad de Toulouse, 2015, p. 127-154.

En este mismo volumen aparecen trabajos de mucho interés, como puede verse en el índice

Introducción………………………………………………………………………………………9
Patrick Lesbre y Katarzyna Mikulska
Cholula, siglos xvi-xviii: ¿quién es un noble indígena?…………………………….15
Miguel Ángel Ruz Barrio
La nobleza del centro de México ante la amenaza a sus bultos sagrados……….45
María Castañeda de la Paz
Don Carlos Chichimecatecuhtli Ometochtzin, ¿último heredero de la
tradición tezcocana? Ensayo sobre la influencia ejercida por Tlalloc entre los
nobles acolhuas…………………………………………………………………………………75
José Contel
Discurso femenino, matrimonio y transferencia de poder: el proceso contra don
Carlos Chichimecatecuhtli………………………………………………………………..107
Carmen Espinosa Valdivia
El cacique don Constantino Huitzimengari y la adaptacion de la nobleza nativa
al orden colonial………………………………………………………………………………127
Felipe Castro Gutiérrez
Los anales mexica (1243-1562) de don Gabriel de Ayala: cultura acolhua
colonial………………………………………………………………………………………….155
Patrick Lesbre
La manifestación de la identidad de la nobleza indígena en los escritos de F. A.
Tezozomoc……………………………………………………………………………………..197
Sylvie Peperstraete
Don Juan Buenaventura Zapata y Mendoza y la identidad nahua…………….211
Camilla Townsend
Los difrasismos y la construcción de la identidad de la nobleza indígena……249
Mercedes Montes de Oca Vega
Más allá de la nobleza: el discurso nahuallatolli y sus usuarios………………….267
Katarzyna Mikulska
Nobles y mestizos como intérpretes de las autoridades en el México colonial
(ss. xvi-xvii)……………………………………………………………………………………303
Icíar Alonso Araguás
Un manuscrito con documentación de los siglos xvi y xviii sobre la familia
Ixtolinqui de Coyoacan conservada en el Archivo de la Real Chancillería
de Valladolid en España: presentación y transcripción paleográfica…………..323
Juan José Batalla Rosado

El libro puede adquirirse ya mismo en el mismo Instituto de Investigaciones Antropológicas; o bien en la red de librerías UNAM y el espacio en línea de estas librerías (aunque puede todavía tardar unos días para que haya ejemplares disponibles).

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En una nota en mi otro blog comentaba la aparición, características y utilidad del recientemente inaugurado Portal de Datos Abiertos de la Universidad Nacional Autónoma de México, y en particular el gran interés de la sección relativa a los archivos gráficos del Instituto de Investigaciones Estéticas. Vale comentar que estas imágenes son de libre acceso y empleo, con el requisito de dar el correspondiente crédito a su origen.

Como ejemplo de la riqueza de materiales  artísticos, históricos y etnográficos de este nuevo recurso les presento varias fotografías antiguas de Pátzcuaro, Michoacán.

Lago de Pátzcuaro.

La imagen parece tomada desde el actual embarcadero del lago. Muestra las canoas todavía construidas de madera (antes del predominio del metal y la fibra de vidrio) y un lago prístino, en una condición muy similar al que aparece en la clásica película “Maclovia” (1948), que no puede verse hoy día sin nostalgia.

Sn Agustín Pátzcuaro

La “plaza chica” o de San Agustín, presidida por la silueta de lo que fuera el convento agustino (hoy Biblioteca Municipal y Teatro Emperador Caltzontzin), aparece aquí antes de que se colocara una estatua de la heroína patzcuarense de la independencia, Gertrudis Bocanegra. Y, también, antes del comercio “semifijo” que hoy ocupa este espacio monumental.

Pátzcuaro comerciantes indígenas

Concluyo con esta imagen del pequeño mercado que se colocaba en la “Plaza Grande” o “Vasco de Quiroga”, donde los comuneros indígenas llegaban desde sus pueblos para vender sus modestos excedentes agrícolas o artesanías, sobre todo alfarería (como alcanza a verse).  Este mercado fue trasladado posteriormente a la plaza de San Agustín. Es interesante observar que el traje masculino incluía el sombrero que entonces era común en todo el centro de México, y no el que hoy se considera “típico” de la región. En lo demás, la arquitectura ha permanecido (en este ángulo de la plaza) idéntica, como muchas otras partes de la ciudad.

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Créditos: las imagenes provienen del Portal de Datos Abiertos UNAM. Archivo Fotográfico Manuel Toussaint, Instituto de Investigaciones Estéticas. En su orden:

Lago de Pátzcuaro, IIE:AFMT:CMGG41
Disponible en: http://datosabiertos.unam.mx/IIE:AFMT:CMGG41
Fecha de actualización: 11/04/2014, 4:34:40 p.m.
Fecha de consulta: 13/03/2016, 4:20:08 p.m.

San Agustín, Pátzcuaro. IIE:AFMT:CMGG36
Disponible en: http://datosabiertos.unam.mx/IIE:AFMT:CMGG36
Fecha de actualización: 11/04/2014, 4:34:40 p.m.
Fecha de consulta: 13/03/2016, 5:09:05 p.m.
Pátzcuaro, comerciantes indígenas. IIE:AFMT:CMGG49
Disponible en: http://datosabiertos.unam.mx/IIE:AFMT:CMGG49
Fecha de actualización: 11/04/2014, 4:34:40 p.m.
Fecha de consulta: 13/03/2016, 4:53:01 p.m.

Un reciente (y muy bienvenido) blog ha puesto en conocimiento público el inicio de las excavaciones en Sacapu Angamuco, en la cuenca del lago de Patzcuaro, donde  modernos recursos tecnológicos permiten esperar el hallazgo de un asentamiento mesoamericano particularmente extenso y poblado. El proyecto está dirigido por Christopher Fisher,  al frente de un equipo internacional y multidisciplinario que explora las relaciones entre fluctuación climática, cambio del paisaje y formación del señorío tarasco.

Esta noticia me puso a rebuscar entre mi viejas notas, porque el nombre “me sonaba”. Y efectivamente, Tsacapu  Angamuco (con “ts”, también citado como “Pátzcuaro de abajo”) no desapareció con la conquista, sino que tuvo algunas supervivencias coloniales. El lugar aparece en una relación de 1622 de los sitios que eran sujetos de Pátzcuaro. Era gobernado por un “mandón” (un tal Francisco Cuini), lo cual indica un rango menor al que tenían, por ejemplo, Zurumútaro o Cuanajo, que eran “pueblos” y contaban con varios “oficiales de república”. Hay otra alusión en 1682,  pero el sitio debe haber desaparecido poco después porque no vuelve a ser mencionado hasta que el vice rector del colegio jesuita de Pátzcuaro se refirió a él en 1714 como un “puesto” que formaba parte de su hacienda de La Tareta, y en donde los religiosos tenían un arrendatario. No es raro que los hacendados se apropiaran de sitios abandonados, de buena o mala manera, por la población indígena.

Habrá que esperar los resultados de estas excavaciones, que bien pueden arrojar tambien restos coloniales. Sin duda, habrá mucho de interés para los estudiosos del pasado michoacano.

 

U n reciente comunicado del Instituto Nacional de Antropología e Historia da cuenta de la restauración y renovación del Museo de Artes e Industrias Populares de Pátzcuaro, ubicado en el antiguo edificio que fue en el siglo XVI la sede del Colegio de San Nicolás.

El recinto tendrá ahora un nuevo guión museográfico (esto es, el “argumento” que determina la inclusión,

distribución y presentación de las obras) , que tendrá como centro el trabajo y producción de los pueblos purépechas. El objetivo, según este documento, es “mostrar el trabajo como un factor que dinamiza la vida social y dota de identidad a los pobladores, de tal suerte que se detallan formas de trabajo que datan desde la época prehispánica hasta nuevos sistemas y oficios que se incorporaron durante la Colonia.” , y tengo gran aprecio y respeto por el conocimiento, el buen criterio y la labor realizada previamente por las curadoras. La curaduría estuvo a cargo de de Aída Castilleja, investigadora del Centro INAH-Michoacán, y Catalina Rodríguez Lazcano, de la Subdirección de Etnografía del Museo Nacional de Antropología y curadora de la Sala Puréecherio del mismo recinto. El conocimiento, buen criterio y  trayectoria previa de las responsables augura ciertamente una exposición bien cuidada y atractiva para el público.

Bienvenida como es esta restauración y renovación, el proyecto abre ciertas  interrogantes. Había una razón por la cual este museo se llamó “de Artes e Industrias Populares” desde su fundación y durante las varias décadas en que estuvo bajo la dirección de la recordada María Teresa Dávalos de Lufft. La propuesta actual parece ser no solamente una remodelación, sino un cambio de propósitos.  Desde luego, en los breves términos de un comunicado institucional no puede apreciarse debidamente los contenidos de un museo.  Habrá que ir a verlo, y estoy seguro que será una experiencia del mayor interés.

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Foto: cortesía de la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo.

Acabo de recibir la noticia de que la historiadora Delfina López Sarrelangue falleció a sus 92 años.  Es un aviso que me retrotrae a mis primeras lecturas de tema michoacano, cuando comenzaba a interesarme por la historia indígena de la región e inicié la lectura de su indispensable La nobleza indígena de Pátzcuaro en la época virreinal (UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1965). Como muchos habían hecho antes y otros harían  después, tomé prolijas notas, apunté referencias documentales,  y observé varios asuntos que parecían ofrecer perspectivas interesantes de reflexión. Posteriormente publiqué un par de libros y varios artículos sobre etnohistoria de Michoacán, y en casi todos ellos aparecen citas de esta obra.  No era cuestión de cortesía ni un prurito de erudición historiográfica: ocurría, simplemente, que lo escrito por la autora seguía siendo una referencia importante, y un buen punto de partida para discutir diferentes problemas de interpretación.

No la conocía personalmente. Sabía que después de haber trabajado en el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la UNAM, se había jubilado. Años después, su principal libro (agotado de tiempo atrás), fue reeditado por la editorial moreliana Morevallado (1999), y el grupo Kw’anískuyarhani de Estudiosos del Pueblo Purepecha me pidió que hiciera algunos comentarios en una de sus reuniones, que como siempre tuvo lugar en el ex Colegio Jesuita de Pátzcuaro. Doña Delfina estuvo presente, y recuerdo bien la atención con que seguía y acompañaba las discusiones, y la vivacidad con que, acabada la parte formal de la reunión, nos narraba cómo había sido el ambiente de la vida académica en los años sesenta, con anécdotas sobre las variadas manías y aficiones de sus antiguos colegas, para ilustración (y también, ciertamente, algo de diversión) de los asistentes.

Los editores de Tzintzun, la excelente revista del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, me propusieron que convirtiera mis comentarios en una reseña, que  apareció publicada en su número 30 (2000). Espero no tomen a mal que, como modesto homenaje a la maestra, reproduzca aquí ese texto. He vuelto a revisarlo, y realmente no tendría mucho que corregir (excepto, en todo caso, alguna referencia cronológica) ni gran cosa que agregar, excepto que desde entonces han seguido apareciendo obras que discuten sus hipótesis. Para un historiador, no cabe mejor remembranza.

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Delfina Esmeralda López Sarrelangue, La nobleza indígena de Pátzcuaro en la época virreinal, 2ª. ed., Morelia, Morevallado, 1999.

Este libro ha pasado la más dura de las pruebas: la del tiempo. Hay obras que tienen su cuarto de hora de fama por razones incidentales, ya sea porque se ocupan de temas que inquietan momentáneamente a la sociedad (como la amplia producción presente referida a Chiapas) o hasta cuestiones más incidentales, que tienen que ver con el prestigio de la editorial o la habilidad del autor para promoverse a sí mismo. Estas situaciones coyunturales tienden a desvanecerse y perder su importancia con el paso de las décadas; lo que queda al final, lo que se decanta, es la calidad, el peso específico de la investigación, que lleva a sucesivas generaciones de historiadores a consultarla y leerla con provecho y placer. Desde la primera edición de esta investigación han pasado 35 años. No resulta ocioso preguntarse cuál de las obras  de reciente aparición en librerías seguirá siendo leída en el año 2034.

En su momento, La nobleza indígena… fue un libro  casi aislado en el panorama historiográfico. Predominaban entonces los estudios sobre encomenderos, evangelizadores y hacendados; los indígenas aparecían en todo caso en el trasfondo, como el objeto sobre el cual recaían los proyectos y conductas de otros actores sociales. En contraste, esta obra colocó a los indígenas en primer plano, como protagonistas por derecho propio de la construcción de la sociedad colonial. Mostró, asimismo, que las reacciones frente a la conquista fueron tan variadas como los indígenas mismos. No ha sido su falta si un terco esencialismo al estilo lascasiano ha continuado refiriéndose a ellos como un todo homogéneo, siempre idéntico a su arcádica esencia.

Hay buenas razones para el continuado interés en esta obra. No es, ciertamente, de tema exclusivamente michoacano; por el contrario, contiene frecuentes alusiones a situaciones paralelas existentes en Oaxaca o el Valle de México, sustentadas tanto en una exhaustiva revisión de la documentación entonces disponible como en la revisión crítica de la bibliografía de aquellos tiempos. Por ello, ha continuando atrayendo la atención de los historiadores de muchas regiones.

Por otro lado, la autora realizó una meticulosa y pacientísima reconstrucción de las enredadas genealogías de los nobles indios de Michoacán. Solamente quien se ha adentrado en la maraña de documentos ambiguos, grafías variables, lagunas de información y deliberadas falsificaciones conoce el valor de este esfuerzo; el “catálogo diccionario” que aparece al final del texto es en verdad una guía de viajeros por el pasado. Esta analogía es particularmente pertinente, porque aunque su argumento mantiene una línea expositiva, siguiendo a la nobleza indígena cronológicamente, generación tras generación, no se limita a un simple listado de apellidos. Por el contrario, la discusión de los motivos de la evolución y decadencia de la nobleza toca, así sea brevemente, temas que siguen siendo objeto de la discusión contemporánea. Así, el caminante por el pretérito indígena michoacano recorre senderos una veces amplios y bien transitados, otros apenas reconocibles, pero que casi invariablemente fueron abiertos hace décadas por López Sarrelangue.

Varias hipótesis planteadas por la autora son actualmente de aceptación tan general que en ocasiones se olvida que fueron una novedad. En cierto modo, dejaron de ser conclusiones particulares para pasar a integrarse al saber común, a lo que ya por probado no se discute. Esto se refiere especialmente a las causas de la precipitada decadencia de la nobleza indígena: las quejas de los misioneros y funcionarios sobre la “tiranía” de los caciques, la desconfianza de la Corona hacia la existencia de un grupo con privilegios hereditarios, la adopción nobiliaria de un modo de vida “hidalgo”, más orientado al consumo que a la producción, la misma caída demográfica indígena, que debilitó su papel y su influencia como indispensables intermediarios, y en fin, la tendencia al mestizaje y la hispanización, que alejó a este grupo del entorno social que daba sentido a su existencia. La discusión posterior ha girado en torno a estos argumentos, corrigiendo aquí y agregando allá; pero el núcleo básico sigue siendo válido.

Hay, como es inevitable, aspectos donde el libro muestra el tiempo transcurrido. Uno de las cuestiones más notables tiene que ver con las fuentes: hace 25 años no existían las diversas instituciones e instancias que si por un lado nos acosan con sus obsesiones burocráticas,  por el otro nos proporcionan apoyos para visitar archivos y bibliotecas en el extranjero, como ocurre con el siempre inagotable Archivo General de Indias. Asimismo, del valioso Archivo Histórico del Ayuntamiento de Pátzcuaro la autora solamente pudo utilizar la selección microfilmada realizada por José Miranda y Jiménez Moreno, depositada posteriormente en el Museo Nacional de Antropología e Historia. En unos y otros acervos hay material extremadamente variado y útil sobre la composición, sucesión y conflictos de la nobleza indígena, que espera al investigador que se atreva a complementar y corregir el enorme esfuerzo realizado tiempo atrás con recursos más limitados.

En cuestiones más conceptuales, López Sarrelangue sigue siendo una autora contemporánea y se la sigue citando y discutiendo como si sus conclusiones hubieran aparecido recientemente. Gracias a este libro, sabemos quiénes eran “caciques”, esto es, un grupo privilegiado dentro del conjunto más amplio de los principales indígenas, incluyendo a los descendientes directos del cazonci, pero también los linajes nobles que en tiempos prehispánicos habían sido los “ayos” o consejeros del cazonci, los miembros de su corte, y los señores de comunidades sujetas. Conocemos también que privilegios y obligaciones tenían, cuáles eran las formas de herencia e incluso los procesos por los cuales fueron perdiendo poco a poco su inicial importancia. Sin embargo, hay aspectos que aun nos resultan obscuros y discutibles. Estos aspectos tienen principalmente que ver con el cacicazgo como forma de organización política, esto es, como un medio de agrupar, ordenar y controlar a la población; y con sus tierras “patrimoniales”, así como el carácter de la relación con sus “terrazgueros” o arrendatarios.

López Sarrelangue ubica caciques en poblaciones que eran “cabeceras” , como Acámbaro, Chilchota y Maravatío; pero asimismo los encuentra en lugares tan secundarios que su misma ubicación resulta hoy día dudosa, como Acareno (un sujeto de Tarímbaro), Chupinguapareo (una estancia de Turicato) o Guaracha (un sujeto de Jacona, que con el tiempo daría nombre a una gran hacienda). La lista es curiosa; los cacicazgos tienden a coincidir con las cabeceras, pero no siempre. Tal parecería que la distribución de cacicazgos parece tener una lógica histórica, más que funcional. Puede, también, que los españoles no comprendieran plenamente el sentido de la institución, e introdujeran una confusión que nos crea dificultades de interpretación.

Asimismo, en el siglo XVI la atribución de los cacicazgos tuvo una supervisión virreinal que se manifestaba en documentos formales y un elaborado ritual de posesión. En épocas posteriores, hay caciques de Pátzcuaro, pero también de cada uno de sus barrios; en otras cabeceras, como Cherán, a fines de la colonia había tres linajes que declaraban ser de caciques; el reconocimiento gubernamental se hizo más laxo, esporádico y en ocasiones  inexistente.  Esta multiplicación de caciques y esta informalidad  tienen que ver sin duda con la pérdida de sus privilegios gubernativos y con su  deterioro económico; pero la transición, el deslizamiento semántico que se oculta detrás de la permanencia de la misma voz, todavía queda por elucidar.

Los nobles, y en particular los descendientes del cazonci, argumentaron que la mayor y mejor parte de las tierras de Michoacán pertenecían a la nobleza y al cazonci, y que el tributo pagado había sido el equivalente de una renta de la tierra. Los pueblos solamente habrían poseído por derecho propio tierras en cerros y malpaíses. En otros términos, la nobleza había sido gran propietaria, y sobre esta propiedad se construían relaciones sociales de subordinación y dependencia con los pueblos y con los llamados “terrazgueros”. Es muy clara la insistencia en esta interpretación en las reiteradas historias fundacionales acerca de que la nobleza bajó a los macehuales de los cerros donde se habían refugiado dando así origen al orden colonial. Esta manera de ver las cosas fue parcialmente aceptada por la Corona, de manera tal que los descendientes del cazonci se convirtieron en los mayores latifundistas del siglo XVI michoacano. Es también, en términos generales, la interpretación que acepta López Sarrelangue.

Sin embargo, es también posible que la vinculación entre comuneros y nobles indígenas fuese en la época prehispánica de naturaleza personal, basada en el parentesco y los vínculos recíprocos de lealtad y protección. Hay ciertos elementos que señalan el carácter inmediato y familiar de lo que podríamos llamar, con cierta laxitud conceptual,  el Estado michoacano prehispánico. En la relación geográfica de Pátzcuaro, por ejemplo, hay una lista de pueblos sujetos que incluye varios que no están identificados como un lugar, un asentamiento, sino por un oficio o el nombre de un noble. También es notable la ausencia en Michoacán de un término equivalente al de altepetl en nahuatl, tan omnipresente en los documentos y en el imaginario colectivo del altiplano central. En fin, vale la pena señalar que cuando los nobles entablaban litigios contra los macehuales, no demandaban la tierra en sí, sino el tributo y los servicios personales (aunque éste se limitara, como llega a ocurrir,  a una “kanakua” o entrega de un presente de flores).

Si esto era así, entonces el tributo dado a los señores no constituía propiamente una renta de la tierra, sino el reconocimiento de una sujeción entre personas. Tanto Margarita Menegus como Bernardo García, en otros contextos, han insistido en esta distinción y en sus consecuencias. En efecto, a mediados del siglo XVI la Corona decidió “macehualizar” a los terrazgueros, incorporándolos a los pueblos y dándoles derecho a recibir tierras de comunidad. En este contexto, la abolición del tributo dado a los nobles indígenas puede haberse interpretado como una desaparición de las relaciones de dependencia. En otras palabras, los antiguos terrazgueros se consideraron como poseedores con plenos derechos, sujetos sólo a la autoridad del rey; y la “rebelión de los macehuales” que López Sarrelangue observa desde el siglo XVI, podría ser resultado indirecto e imprevisto de una política fiscal de la Corona. Pero es un tema en el cual hay que navegar con mucho cuidado.

En fin, cabe congratularse por la reedición de este clásico, y es de esperarse que reciba el mejor de los homenajes que pueda recibir: que los historiadores actuales continúen la paciente labor de compilación de la autora,  y que retomen y discutan con nuevos elementos sus hipótesis y conclusiones.

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Publicado en revista Tzintzun, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, 2000

La conocida revista National Geographic ha publicado una nota sobre el  muy interesante proyecto dirigido por el arqueólogo Christopher Fisher ( Colorado State University), en Apupato, actualmente un cerro a medio camino entre Pátzcuaro y Tzintzuntzan.

La página web The Lake Pátzcuaro Basin Archaelogical Project  explica con más

Terrazas en Apupato

Terrazas en Apupato

detalle y abundancia de ilustraciones que en la época prehispánica Apupato fue una isla, describe las excavaciones, el sistema de terrazas existente (que indicarían una ocupación continua, de varios siglos) y presenta los diagramas hipotéticos de una modesta edificación (que probablemente es el sitio donde, según la Relación de Michoacán, el cazonci guardada parte de sus tesoros) y una pequeña pirámide, de uso ritual.

La nota no menciona si los arqueólogos se apoyaron en los textos coloniales (más allá de la Relación...), porque desde luego la historia de Apupato no concluye con la conquista. Hay buenas razones para prestar atención a estos testimonios, no solo por su interés en sí, sino porque pueden arrojar datos sobre los pobladores que construyeron y dieron  mantenimiento a edificios y templos. Como es sabido, las civilizaciones caen en el olvido, los reinos se desploman, pero los campesinos suelen permanecer allí donde han estado sus padres y sus abuelos desde tiempo inmemorial.

Los documentos coloniales mencionan un San Juan Apupato (conocido asimismo informalmente como “el Vado”), que en 1612 fue trasladado junto con San Joseph, San Pedro Cheranx o Cherantxen, San Francisco Echuen y San Hipólito para fundar Zurumútaro. La historia de estas pequeñas poblaciones ubicadas al sur del cerro es bastante obscura, pero afortunadamente tenemos algunas valiosas referencias sobre Cherantxen. Este era un asentamiento de arrendatarios (que los españoles llamaron “terrazgueros”) establecidos  en tierras que pertenecían al patrimonio personal de los descendientes del cazonci. Es algo que resulta coherente con el hecho de que en la época prehispánica hubiera templos y probablemente un “tesoro” del señorío  tarasco en Apupato. Luego de varias sucesiones y apropiaciones de legalidad bastante dudosa, las tierras abandonadas debido a la fundación de Zurumútaro acabaron por formar parte de la hacienda de La Tareta, de los jesuitas de Pátzcuaro

Al otro lado del cerro, hacia el norte,  estuvieron Santo Tomás la Palma, San Lorenzo, Santo Tomás Apupato y Santiago.  Vale la pena señalar que San Lorenzo era un poblado de “tecos”, esto es, de hablantes de nahuatl. Estas poblaciones fueron congregadas en Tzintzuntzan en 1595. Las tierras remanentes  fueron vendidas poco a poco, y finalmente vinieron a  manos de los agustinos de Pátzcuaro, quienes fundaron aquí la hacienda de Sanabria. El pueblo de Tzintzuntzan, sin embargo, siempre reclamó estas tierras, argumentando que sus antiguos habitantes habían pasado a formar parte de su población.

El carácter confuso de estas múltiples transacciones motivó un largo pleito entre agustinos y jesuitas. Aunque los discípulos de San Ignacio se mostraron muy dispuestos a ocupar tierras sin título, había acuerdo entre los testigos que la división entre unos y otros pasaba por la mitad del cerro. Es muy posible que este fuera el lindero entre San Juan y Santo Tomás, los dos Apupato de los que hay constancia documental.

Los viejos papeles donde consta esta historia, en el caso de que a alguien le interese, están en el Archivo General de la Nación, Tierras, vol. 3448, exp 1; Archivo Parroquial de Pátzcuaro, legajo 155 (“Autos de tierras y bienes…hospital de Santa Martha”) y el Archivo Histórico Municipal de Pátzcuaro, caja 19, exp. 4.

Una buena reconstrucción de la historia colonial de las haciendas de la región puede leerse en Luise Enkerlin Pauwells, “La conformación de las haciendas en la ribera sur del lago de Pátzcuaro”, Estudios michoacanos, vol. 9, Zamora, El Colegio de Michoacán – Instituto Michoacano de Cultura, 2001, p. 17-50.

AHAP,19B-4,

Con cierta frecuencia se supone que los “españoles” de la época colonial tenían una situación cómoda y privilegiada. Esto no era siempre así (véase aquí una nota al respecto). En los documentos de la época aparecen muchos personajes que se mostraban orgullosos de ser españoles, pero cuyo nivel de vida no era mucho mejor que el de los trabajadores indios o mulatos y no podían cumplir con las expectativas sociales de una vida “decente”.

El caso de Agustín Moreno de Nava* es muy ilustrativo. Este hijo de una familia española de Pátzcuaro mostró desde muy joven una conducta conflictiva. Su historia pública comienza en 1625, cuando junto con otros dos hijos de comerciantes falsificó la llave de una bodega y robó mercancía para revenderla y alcanzar algún dinero propio. Fue encarcelado, pero sobornó a los guardias y tomó asilo en el vecino colegio de la Compañía de Jesús. Algunas negociaciones discretas deben haber tenido lugar, porque finalmente se presentó ante los jueces, que lo condenaron a la leve pena de dos años de destierro a dos leguas de Pátzcuaro. De poco sirvió, porque poco a poco fue construyendo una carrera criminal que lo llevó hacia delitos cada vez más graves: suplantación de identidad (fingía ser alcalde o alguna otra autoridad, para abusar de los indios), venta clandestina de alcohol (provocó una borrachera general en Tzintzuntzan), robo y reventa de mulas de carga (incluso en perjuicio de los frailes franciscanos) y, para colmo, asociación con Pedro López, un ladrón y cuatrero famoso, buscado afanosamente por la justicia.

Es muy llamativo como Nava siempre lograba evadir los cargos, o salir con condenas leves. En gran medida se debía a su condición de “español”, porque las autoridades tendían a ser más tolerantes en estos casos que cuando se trataba de indios o negros. Pero, también, parece haber ocurrido que Nava era un digno representante local de la muy hispana tradición de pícaros que tenían la habilidad de resultar simpáticos y asociarse con personajes influyentes. Por ejemplo, trabajó al servicio de don Fernando de Bocanegra (alcalde mayor de Michoacán entre 1622 y 1624) y vendió azúcar por encargo de don Fernando de Oñate Rivadeneyra (descendiente del conquistador y gran propietario en Tacámbaro). Otros personajes aparecen también vinculados con Nava, como el encomendero de La Huacana, Pedro Pantoja de Velasco (quien pagó una fianza para sacarlo de la cárcel) y el influyente gobernador indígena, don Luis de Castilleja Puruata (que testificó a su favor sobre su persona y costumbres).

La caída final de Nava vino de varios escándalos entre sentimentales y criminales. Cuando joven, había seducido a Ana Hernández, una sirvienta mestiza, con la que al final se vio obligado a casarse. Años después, enamoró a María de Cárdenas, una española que tenía una casa en el centro y era persona que, para los términos patzcuarenses, era un partido matrimonial muy deseable. Desde luego, restaba el pequeño problema de que ya estaba casado, pero no era hombre de amilanarse por sentimentalismos o legalidades. Para desembarazarse de su esposa, obtuvo de una vieja herbolaria india una pócima que diera a su cónyuge una muerte lenta, para no despertar sospechas. Como en las pequeñas ciudades todo se sabía, alguien lo denunció y acabó en la cárcel. La acusación de envenenamiento no pudo probarse plenamente, pero es evidente que las autoridades estaban hartas de Nava, por lo cual lo desterraron de Michoacán por diez años, con advertencia de que si regresaba lo enviarían a Filipinas. Nada de él vuelve a saberse.
……..

* Sus padres eran Juan de Nava y Catalina Sánchez. No tengo idea de dónde salió el “Moreno”. Hay que tener en cuenta que por entonces las reglas de filiación familiar eran menos rígidas que ahora. Una persona podía adoptar como propio el apellido de algún ascendiente o familiar de prestigio, fuese por el lado paterno o materno.

Este artículo retoma aspectos de un trabajo más amplio titulado “Honor y deshonor en una ciudad provinciana. La curiosa vida y escandalosas acciones de Agustín Moreno de Nava”, en Estudios de Historia Novohispana, no. 23, 2000, p. 47-66.