De la historia económica a la social y cultural. Homenaje a Gisela von Wobeser, María del Pilar Hom Gisela von WobeserMartínez López-Cano (coord.), México, Instituto de Investigaciones Históricas – UNAM, 2015, 358 p.

Hace cosa de un año varios académicos nos reunimos para rendir homenaje a Gisela von Wobeser, señalar sus aportaciones al conocimiento de nuestro pasado, así como a su remarcable labor en la docencia y en la coordinación de proyectos colectivos e institucionales. De esta iniciativa se derivó un libro que acaba de salir de prensas en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. En él se halla mi trabajo sobre “Los ires y devenires del fundo legal de los pueblos de indios”, actualmente disponible en línea. Aquí dejo un breve resumen.

El llamado “fundo legal” de los pueblos de indios es una figura legal y concepto que ha interesado e intrigado a los historiadores desde largo tiempo atrás. En efecto, esta concesión de tierras (primero de 500, luego de 600 varas por cada “viento”) fue fundamental para la supervivencia de los pueblos, en cuanto aseguraba un mínimo de tierras que se distribuían entre las familias para la vivienda, subsistencia y pago de contribuciones. En este trabajo retomo la discusión sobre sus orígenes como una zona de exclusión, donde no podían establecerse propiedades agropecuarias de españoles, y sostengo que la norma cayó prácticamente en el olvido durante más de un siglo, hasta que la edición de un cedulario en 1678 la trajo nuevamente al foro. Esto explicaría el súbito incremento de su aplicación, que ahora se vuelve una demanda de posesión de tierras, al grado que motivó las quejas de los hacendados y la emisión de una real cédula que reglamentaba y restringía ese derecho. En muchos aspectos esta nueva normativa dejó incertidumbres que fueron resueltas sobre la marcha, en la medida que las demandas y alegatos de los interesados iban creando una jurisprudencia aplicable. Finalmente, me ocupo de varios cambios notables ocurridos en la segunda mitad del siglo XVIII, particularmente por renovados conflictos agrarios, la virtual privatización de las parcelas comunitarias y la existencia de asentamientos de peones (indios, pero también mestizos y mulatos) que “se llamaban a pueblo” y reclamaban sus 600 varas. Todo ello atrajo la preocupación de las autoridades y polémicas en la Real Audiencia entre quienes defendían la tradicional actitud paternalista ante los pueblos y aquéllos que propugnaban por someter sus recursos a un mayor control gubernamental para incrementar la producción y rentabilidad. En el fondo, detrás de esta conflictiva evolución se encontraba una antigua discusión filosófica: la contradicción entre la defensa del bien común y la amplia influencia de múltiples intereses particulares.

El índice general de la obra es el siguiente:

Introducción. De la historia económica a la historia social y cultural. Gisela von Wobeser y la historiografía novohispana, María del Pilar Martínez López-Cano

EL AGRO NOVOHISPANO
Los estudios sobre la hacienda novohispana en sus años dorados, Margarita Menegus
La distribución de la tierra en la región de los volcanes durante los siglos XVI-XVII, Tomás Jalpa Flores
Los ires y devenires del fundo legal de los pueblos de indios, Felipe Castro Gutiérrez
Urbs in rure. La casa del hacendado don Antonio Sedano y Mendoza en Acámbaro (1688), Gustavo Curiel

LA IGLESIA EN LA ECONOMÍA
De México al Río de la Plata: influencias historiográficas, en la historia de la Iglesia hispanoamericana, María Elena Barral
El primer libro de censos de la ciudad de Puebla, siglo XVI. Estructura y posibilidades de estudio, Francisco Javier Cervantes Bello
Plata mexicana para Napoleón I. La Consolidación de Vales Reales y el comercio neutral en Veracruz, 1805-1808, Carlos Marichal Salinas
Los particulares y las rentas eclesiásticas: la tesorería de Cruzada, María del Pilar Martínez López-Cano

IGLESIA Y RELIGIOSIDAD: IMÁGENES Y CONCEPTOS
El umbral de la vida religiosa: el noviciado de los frailes mendicantes, Asunción Lavrin
Santa Teresa en la Nueva España: apuntes para el estudio de una devoción, Manuel Ramos Medina
San Felipe de Jesús, el primer santo criollo, Enriqueta Vila Vilar
Construyendo el paraíso o cubriendo necesidades: las imágenes milagrosas de la ciudad de México en el Zodiaco mariano (1600-1755), Antonio Rubial García
Notas sobre la elaboración del Nican Mopohua, Rodrigo Martínez Baracs
Mis aprendizajes con Gisela, Virginia García Acosta

Obra impresa completa de Gisela von Wobeser

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Felipe Castro Gutiérrez, sobre

Tomás Jalpa Flores,  La sociedad indígena en la región de Chalco durante los siglos XVI y XVII, México,  CONACULTA – INAH,  2009,  493 p.

La historia de Chalco siempre ha atraído el interés y la imaginación de los historiadores. Hay buenas razones, porque fue el asiento de importantes señoríos prehispánicos, con una población numerosa y étnicamente heterogénea; presenció posteriormente el arribo y tránsito de Hernán Cortés y sus hombres, y fue donde muy pronto se desarrolló la economía española y las haciendas que convirtieron la región en el granero de la capital virreinal. Muchas obras se habían ocupado incidentalmente de Chalco, pero realmente nos hacía una falta un estudio exacto y minucioso, como el que ahora presenta Tomás Jalpa Flores.

Publicado en Estudios de Historia Novohispana, no. 45. Para leer el texto completo, haga click aquí

Este es un libro inusual en muchos aspectos, desde su primeras páginas (con referencias a atardeceres pasados entre mezcales y buenas conversaciones) a los títulos de capítulos, como “Que desventuras (históricas) llevaron al autor a la sierra zapoteca”. Es un estilo que casi –pero solamente casi– parece fácil, pero que solamente se obtiene después de muchos años de oficio. Thomas Calvo narra su historia con una prosa fluida, a ratos coloquial, y con estos recursos aparentemente sencillos, discute problemas de compleja interpretación sobre el pasado de México…

 

 

(el texto completo de la reseña puede consultarse en línea en la revista virtual  “Nuevo Mundo – Mundos Nuevos”)

De próxima aparición:

Los indios y las ciudades de Nueva España

Felipe Castro Gutiérrez, coordinador

Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 2010.

Para más datos y ver actualizaciones de la aparición de esta obra, visite su página web haciendo click aquí

Este es un libro que resulta de una minuciosa investigación, cuidadoso en el manejo de los documentos, atento a las continuidades y a las rupturas, que reconstruye los sucesos de forma atractiva y se adentra con inteligencia en muchas de las discusiones sobre la organización social y política de la Nueva España.

Su asunto es la historia de un grupo que hablaba nahuatl, recibió la fe de los misioneros, se regía por las leyes previstas para las “repúblicas” indígenas y tenía en sus pueblos a personas apellidadas Xicotencatl, Aquiahualcatecuhtli o Cacahuatzin. El tema parecería ser, como señala el título, de historia india, y habría que leerlo en el contexto de la vasta producción etnohistórica de tema mexicano.

Sin embargo, es posible que pueda ser considerado de otra manera. En realidad, la existencia de una historia indígena en el México colonial es algo que, aunque parezca paradójico, no puede darse como obvio y evidente…

(véase el texto completo de esta reseña en la revista virtual Nuevo Mundo – Mundos Nuevos, haciendo click aquí )

Entre los muchos “privilegios” dados por la Corona a los  indios estuvo el de que no pudieran vivir en sus pueblos los españoles, mestizos o negros. Sin embargo, con cierta frecuencia puede encontrarse a algunos españoles “avecindados” en estas poblaciones. Lo hacían por motivos muy diversos: algunos, porque no habían logrado en la sociedad española un lugar del tamaño de sus ambiciones, otros porque tenían intereses mercantiles o agrícolas en o cerca de los pueblos, y desde luego estaban los que se encontraban más a gusto con los indios que entre los suyos.


Un caso muy interesante de una familia española que decidió vivir en un pueblo de indios es el de los Díaz Barriga, de Tzintzuntzan. El primero que consta es Álvaro Díaz Barriga, quien hacia 1630 adquirió la mediana hacienda de El Molino. En 1694 su descendiente, Juan Díaz Barriga, compró la hacienda de San Antonio Tacupan. También arrendaba a los jesuitas la vecina hacienda de La Tareta y adquirió un solar en Tzintzuntzan, donde construyó una casa con una tienda adjunta. Después hizo un préstamo a los oficiales de república, que se cobró ocupando durante 11 años las tierras del hospital de los naturales. Posteriormente aparece haciendo varias transacciones con principales indígenas y declarando a favor de Tzintzuntzan en un pleito de tierras. Se ve que tenía buenas relaciones con los indios, lo cual lleva a pensar que el siguiente personaje de su mismo nombre no era él, sino acaso algún otro familiar.


En efecto, en 1717 un Juan Díaz Barriga era teniente de alcalde (esto es, un representante local del alcalde mayor español) y se le acusó de aprehender arbitrariamente al gobernador y al cacique de Tzintzuntzan. Al año siguiente impuso a un gobernador a su gusto, y los indios se quejaron ante el virrey de que les obligaba a trabajar en sus propiedades, pretendía apropiarse de las tierras de comunidad y realizar “repartimientos” o venta forzosa de mercancías entre los indios. El asunto llegó a tal grado que los indígenas tomaron por asalto la cárcel, armados con piedras, palos y barras de hierro. Las autoridades virreinales, en general muy celosas del orden público y del principio de autoridad, justificaron implícitamente el tumulto y mandaron liberar a los presos. Poco después, Díaz Barriga fue depuesto de su cargo.


En contraste, uno de sus descendientes, Francisco Barriga fue en 1807 el apoderado o representante legal (y según algunos, el instigador) de los indios en un pleito contra el ayuntamiento de Pátzcuaro, que derivó en escándalos y hechos violentos. El alcalde ordinario de la capital lacustre mandó aprehenderlo, pero se dejó la ejecución de la orden en suspenso, porque “indispensablemente se suscitara el tumulto que han anunciado”, y debido a que los indios de Tzintzuntzan eran “fáciles a cualquier sublevación”. No es por demás mencionar que en estos años la familia Díaz Barriga tenía también una rama indígena entre los suyos.

Como puede apreciarse, con el tiempo la familia Díaz Barriga acabó por ser parte de la vida social de Tzintzuntzan; ya no eran extraños en el lugar. Sus relaciones con los indios no pueden reducirse a una fórmula simple; en algunos casos eran amistosas, en otras no. Pero en todos los ejemplos, puede apreciarse que, seguramente sin proponérselo, cumplieron un papel importante: la de intermediarios entre la economía novohispana y la agricultura local, entre las autoridades virreinales y las comunitarias, entre el mundo español y el indígena,

……….
Este artículo se deriva de algunos de mis trabajos previos sobre etnohistoria de Michoacán, particularmente los de Tzintzuntzan: la autonomía indígena y el orden político en Nueva España”, en Carlos Paredes y Martha Terán (coord.), Autoridad y gobierno indígena en Michoacán, México, El Colegio de Michoacán – CIESAS – UMSNH, 2000, e “Indeseables e indispensables: los vecinos españoles, mestizos y mulatos en los pueblos de indios de Michoacán”, en Estudios de Historia Novohispana, no.25, 2001.

Las haciendas se hallaban en la parte sur del lago, tanto porque allí se encontraban mayores superficies cultivables como porque había sido la zona donde se ubicaban las tierras patrimoniales del cazonci. Contra lo que generalmente se piensa, las grandes propiedades españolas no se formaron mediante la usurpación de las tierras comunitarias, sino gracias a las sucesivas ventas y donaciones que hicieron los descendientes y herederos de la familia real michoacana.

Es notable la participación de instituciones eclesiásticas como grandes propietarias. Charahuén pertenecía a la iglesia parroquial y hospital de Santa Martha, la Tareta a los jesuitas, mientras que Sanabria era de los agustinos.

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Como el tema ha atraído varios comentarios, iré incluyendo aquí algunas notas sobre estas haciendas y ranchos

SAN NICOLAS DE LA LAGUNA  o “DE IBARRA”

Como es característico de las haciendas novohispanas, no estuvo en manos de una misma familia, como se aprecia en el siguiente cuadro

Propietarios

Gerónimo de Alba formó la hacienda entre 1603 y 1624,  mediante diversas adquisiciones.  Falleció en 1630, y el tutor de sus hija vendió a  Pedro del Corral.  Corral al parecer estaba casado con una hija de Alba.

1661. Corral vendió la hacienda  al alférez Juan de Salas. A su muerte (después de 1698), los hijos enajenaron en favor de Cristóbal Trujillo. Este la dejó a los hijos de sus dos matrimonios. En 1713 todo estaba en manos de Gerónima Trujillo y así permaneció hasta su fallecimiento, cuando sus herederos vendieron a Francisco Santos de Iturralde.

1718. Iturralde vendió la propiedad al regidor Antonio Cabrera, quien la tuvo poco tiempo, porque la enajenó a Gabriel de Inchaurrandieta en 1721.

1726. La adquiere Pedro Antonio de Ibarra

1747. Muere Ibarra, y el albacea vendió a Francisco Casimiro de Celaya. Al momento de la revolución de independencia era propietario el Br. Manuel de Celaya, probablemente su descendiente.

No tengo conocimiento de propietarios posteriores.

La hacienda colindaba con los pueblos de Huecorio, de Tzentzénguaro y con el barrio de Santa Catarina Mártir, de Pátzcuaro. El casco estaba frente a la desaparecida isla de San Pedro. En el mapa publicado por fray Francisco de Ajofrín aparece entre el embarcadero y una “ermita” de Nuestra Señora de Guadalupe. Se mencionan jacales, trojes, cercas y una capilla. Al parecer, se trata del edificio (muy cambiado con el tiempo) donde ahora hay un centro de investigación pesquera. Sus peones procedían de Huecorio y Tzentzénguaro. Tenía, en total, 9 caballerías de tierras, dedicadas a maíz y trigo. Aprovechaba los remanentes del agua de Pátzcuaro (o sea, el río Guani), y se decía que daba buenas cosechas.  De su historia posterior, no sé más que a fines del XIX el dueño cedió los terrenos necesarios para construir las vías y la estación del ferrocarril.

SANABRIA

El nombre de la hacienda proviene de un tal Fernando de Sanabria, quien adquirió diversos terrenos a los descendientes del cazonci entre 1587 y 1607, y luego  vendió todo al convento agustino de Pátzcuaro. El convento posteriormente fue redondeando la hacienda comprando algunos tierras adyacentes. Entre ellas estuvo Ziranga o Ziranda; es posible que el nombre viniera de un tal Gerónimo Siranda, que litigó contra los agustinos, pero finalmente les donó sus propiedades.  La hacienda estaba entonces a la orilla del lago, y limitaba con La Tareta, propiedad de los jesuitas. De hecho, ambas órdenes tuvieron desde 1688 un larguísimo pleito por el control de lo que era llamado el “vado” y en otras la “isla” de Apupato, que seguía entre incidentes poco edificantes a finales del siglo XVIII.  Las otras colindancias eran con los pueblos de Tzintzuntzan e Ihuatzio. La propiedad estaba dedicada al cultivo de maíz y trigo de temporal, con algo de ganado, y era manejada por arrendatarios españoles.

LA TARETA

Los jesuitas se establecieron 1573 en Pátzcuaro. Recibieron muy pronto numerosas donaciones de tierras de los descendientes del cazonci, así como de algunas personalidades españolas, con las que establecieron la hacienda.

En 1612 se realizó una congregación de varios pueblos, fundándose el de Zurumútaro en parte de las tierras de los jesuitas. Para compensarlos, se les dio parte de las que habían ocupado anteriormente los pueblos, pero todo indica que (con el favor de algunas autoridades) la compensación fue excesiva y sus linderos llegaron incluso al patio de la iglesia de Zurumútaro, de lo que se derivaron varios pleitos. Además, como ya se vio, lindaba y tenía litigios con la hacienda de Sanabria. Hacia Pátzcuaro, terminaba en el mismo edificio del Colegio, por lo que hoy es el barrio de Colimillas.

La hacienda tenía ocho caballerías a fines del siglo XVIII, con una casa, capilla y bodega. Producía trigo, y se criaban ovejas, vacas y caballos.

Luego de la expulsión de los jesuitas en 1767, la propiedad  se remató a favor del regidor de Pátzcuaro José Antonio Beingoechea. Luego pasó a posesión del convento de religiosas de Santa Catarina, de la ciudad, y después a otro personaje local, José Joaquín Corral.

A pesar de que el nombre de “hacienda” evoca hoy día grandes propiedades y magníficos edificios, estas haciendas fueron bastante modestas; los cascos típicamente eran de adobe. De hecho, la oligarquía patzcuarense sustentaba su influencia no en estas haciendas, sino en el comercio y los ingenios azucareros de tierra caliente.